30 dic. 2014

Fechas.

Mi vida es como una escalera de las antiguas: 
esas que rezuman tiempo y recuerdos, 
que parecen tan cansadas como cansan 
y que te sonríen, 
a pesar de las grietas. 
La vida, en general, cuesta. 

Cuesta subir, llegar, cumplir tus sueños... 
y cuesta también mantenerla serena, continua, sin golpes. 
Eso es imposible. 
La vida da hostias y caricias, 
quieras o no. 
La vida también son números:

años, dinero, kilómetros, fechas...
Fechas importantes o no tanto, 

fechas que te marcan 
y que marcan un principio, un final, o que crean comienzos eternos.
Tú, 30
Eres mi fecha, y mi principio.... 

Ya va un mes.
Brindo por no tener que dejar de contarlos nunca.

J.

Hubo una vez
que tuve todo cuanto quise:
amor y amigos;
después se esfumó igual de rápido que vino.

Todo se volvió negro,
me obcequé.
Parecía que se hubiera acabado el mundo.
(¡Qué gran mentira!)
Parecía que jamás iba a ser feliz de nuevo.

Hubo una vez,
hace alrededor de dos años,
que pedí un deseo.

Yo sabía que ibas a aparecer,
tarde o temprano.

Alguien que me quisiera,
a pesar de mis defectos.
Alguien que me diera la mano,
cuando yo no pudiera sostenerme sola.
Alguien que me calentara el corazón
en los meses más fríos.

Lo que no sabía es que fuera a ser aquí.
Lo que no sabía es que la decisión de irme de Madrid,
fuera a cambiarme la vida.
Completamente.

Hubo una vez,
hace un par de meses,
que volví a tener todo lo que quería tener:
un grupo de amigas
(de las de verdad).

Hubo una vez,
hace un par de semanas,
que volví a tener todo lo que
(a pesar de todo)
siempre había querido tener:
tú.

Ya no es igual,
ahora he crecido,
cambiado
y aprendido.

Hace un par de semanas me encontraba,
desde hacía un par de años,
indefensa,
sin corazón pero con ganas de querer,
sin fuerza pero con mil sueños en mi cabeza,
con un nuevo yo
y sin ti.

Has sido el mejor regalo,
jamás pensé que el año fuera a acabar tan bien.
Has sido el mejor antídoto,
jamás pensé que pudiera gritar de nuevo y sin miedo '¡SOY FELIZ!'
Has sido el mejor beso,
el mejor comienzo
(y el más inesperado).

Han sido tus ojos,
tus labios
y sonrisa,
tus palabras,
tus 'te quiero',
tus ganas de un nosotros.

Ha sido el ver,
a los tres días,
el miedo a un adiós en tus ojos
(esos ojos que me tienen cautivada)
lo que ha hecho volverme completamente loca por ti.

Ha sido,
la calidez de tus manos,
la que ha hecho sobrellevar el otoño del cuerpo,
y el invierno del corazón.

Han sido mis miedos arrancados de raíz,
tus labios,
y mis ganas de ti.

Somos nosotros,
a secas,
y un largo porvenir.



Por muchas navidades más.
Te quiero J.

21 dic. 2014

Recuentos y cuenta atrás.

Día 21 de diciembre,

¿Hoy acaba el otoño o empieza el invierno?
Supongo que la respuesta, roza el parecido a la frase esa que todos conocemos de 'ver el vaso medio lleno o medio vacío', ¿no?

Para mí termina algo increíble.
Supongo que los años pares me dan suerte, o que me dan miedo las cosas nuevas y me preparo para que termine de verdad algo increíble... no sé, y nunca lo sabré, porque cada año me pasa lo mismo.

Para mí hoy empieza el invierno.

Invierno que se ha creado para pasar en compañía,
invierno que conlleva la Navidad,
Navidad que significa familia, cenas, regalos, perdones  y esperanza;
sobretodo esperanza,
y recuentos.

Este 2014 se resume en personas,
personas como tú, como ellos y como yo,
que no solo os he conocido, reído y llorado,
sino que también he logrado encontrarme a mí misma.

El año empezó en Madrid de forma difícil, aún sin haber superado miedos, ni olvidado las cosas que hacían daño. Todo era debilidad. Y entonces me di cuenta, de que eso no era nada si vosotras estabais ahí.

Supongo que tú, Cristina, me ayudaste a madurar, a darme cuenta de las cosas, a no aguantar tanto tiempo (porque luego eso se convierte en holocausto), sino en aclararlo todo poco a poco y con calma. Lo importante, es que seguimos juntas, y siempre será así.

Sara, Lorena y Esther; mis tres pilares. Son solo dos años juntas ¿verdad? Quizá tres. No llevo las cuentas, pero es que con vosotras los años se hacen siglos. Hemos pasado tantísimas cosas juntas...
Jamás olvidaré todo lo que distéis por salvarme de aquel mal año, por buscar hacerme reír, sacarme a la calle y estar siempre conmigo. Gracias.

Gema, María, Cristina, Laura, Vanesa, Andrea, César, Juanlu... personas que pase el tiempo que pase sé (y sabéis) que siempre vamos un apoyo mutuo, que siempre vamos a estar ahí y que aunque pasen los años en los reencuentros pareceré que solo han sido unos pocos días.

Fer, creo que has sido la historia más rara y divertida que tengo para contar. ¿Seguimos a la espera de los 12 meses? Gracias por las risas, que siempre vienen bien.

Después, en la otra punta del país os tengo a vosotras:
Nika y Bea, mis columnas, pilares, pilastras y todo tipo de elementos sustentantes habidos y por haber. Ya son muchos años juntas, a pesar de la distancia. ¡Y que bonito es poderos sentir aquí a mi lado aunque para veros haya que cruzar el charco, o medio este de España!
Gracias, por aguantarme, por hacer del Whatsapp algo útil, por las cartas, los reencuentros, las sorpresas... por ser vosotras mismas, por ser algo real, por ayudarme a superar esa mala racha, por estar conmigo en el peor momento, y por ese abrazo que pudimos darnos que me supo a gloria.
Nika, contigo solo han sido 20 minutos, pero parece toda una eternidad; y Bea, veranos, conciertos, carnavales... de año en año y de lugar en lugar, pero son momentos que me dan la vida.
Y gracias por esa historia que siempre cuento: una película, o un tweet; comienzos muy raros de algo muy especial.

En verano hice dos cosas que me cambiaron la vida:

Un curso, un preparativo, un entrante a mi futuro; donde conocí a personas que a parte de compartir la vocación de la carrera, se han hecho piezas clave y con las que he compartido risas, historias (de risa) y momentazos: Isa y Pau.
Paula, tú eres mis palabras, poesía y sentimiento, e Isa, tú eres la mejor compañera de sueños cumplidos, empezando por el MOMAD y acabando por la Vogue, (o esperemos).
En ese curso también aparecieron dos grandes amigos, de esos con los que compartes todo y que luego te aleja la distancia, pero que siempre es un placer volver a ver; y gente muy diferente, con muchas formas de ver la vida, la carrera y el presente (que es lo importante), y que me han abierto los ojos.
Sobretodo en ese curso, me encontré con alguien excepcional. Una maestra de la vida. Alguien que me enseñó, que 'el que sabe donde va, siempre llega', y a la que le debo mis fuerzas para querer cumplir mis planes, para poder estar en Mi Sitio y para poder ser lo que quiero ser. Gracias por ayudarme a conseguir mi sueño.

Y en verano, también tomé una decisión realmente importante: Abandonar Madrid.
Madrid que es ruido, independencia, moda, novedad, tiempo fugaz, personas, yo.
Madrid que me ha acogido durante 5 años, 5 larguísimos años, que me ha enseñado, amamantado, hecho crecer y madurar.
Fue una decisión muy complicada, que me daba un miedo infinito (por eso de temer las cosas que no conoces), pero de la que jamás me voy a arrepentir.

Aquí, en mi casa, en mi ciudad he conocido a gente como Paula, Bea, Alex, Sergio, Alodia, Pilar, Ele, Carol y algunos más, que me han recibido de una forma increíblemente acogedora; y luego, están Rebecca y él.
Rebecca, perfecta amiga y mejor persona, que me ha entendido, apoyado, hecho olvidar y reír. Que hace que cada paseo, poema, foto y compra, deje de ser material y pase a ser un recuerdo. ¡Qué grande es eso! Gracias por decidir venir aquí, por acabar en mi clase y en mi vida.
Y luego, por último, y no por eso menos importante (aunque no hace falta que lo diga porque ya lo sabes), está él, tú, Juan.
Que no se si seguir creyendo que es cosa del destino, casualidad o simplemente la vida; pero que sé que eres el mejor regalo que me podrían hacer en este momento. Eres un invierno compartido, miedos superados, semanas que parecen meses, besos que dan la vida, ganas de más (y por más me refiero a los días por vivir, que parecen pocos si estás conmigo). Gracias, gracias de verdad.
Te tienes que saber esto de memoria: lo que siento.
Me da igual.
No voy a cansarme de decirte que me has salvado el corazón.
No te vayas.

Y bueno, que me voy del tema.

Hoy empieza el invierno, abrigaos bien la sonrisa que no enferme.




19 dic. 2014

Porque te lo mereces más que nunca.

A ti, que este año has pasado mil penurias para llegar a fin de mes.
A ti, que te encanta gastar dinero.
A ti, que estás enamorado de 'La Chica'.
A ti, que este año te han roto los esquemas y has vivido sin pensar.
A ti, que tus mejores noches son con un café y un buen libro.
A ti, que tienes diez décimos de Lotería colgados de la bruja de la suerte.
A ti, que crees.
A ti, que odias San Valentín, los capirotes, el frío y los dramas; pero que sueñas con familias reunidas y ramos de rosas.
A ti, que encuentras tu casa en su hombro.
A ti, que tienes unos ojos que dan sentido.
A ti, que te parece que la suerte está de tu parte.
A ti, que estás a dieta pero te encantan los polvorones.
A ti, que Papá Noel aún sigue llamando a tu puerta.
A ti, que empiezas a sentir la Navidad dos meses antes.
A ti, que te encanta hacer regalos pero no quieres verles la cara cuando los abren por si no les gustan.
A ti, que adoras el calor pero te encanta que nieve.
A ti, que vas al centro de la ciudad solo por ver las luces y el gran belén de la plaza.
A ti, que un abrazo te parece el mejor abrigo.
A ti,
a ti,
y a ti también.


Porque te lo mereces más que nunca,

Feliz Navidad.

15 dic. 2014

¿Crees en el destino?

Creo en tus ojos,
en tu risa,
en ti.

Creo en tener que esperar,
y en querer tener todo en el momento.

Creo en la vida
y en la muerte,
no en el antes
ni en el después (de la vida y de ti).

Creo en la música,
en el cine,
en los libros
y en la fotografía.
Todos representan ambas realidades: 
la querida y la existente.

Creo en el poder conocer a alguien por sus letras,
creo en las miradas tristes,
en los besos apasionados,
en los abrazos sin permiso,
en el dolor de una lágrima,
la pasión de un arañazo,
el odio de un grito
y los nervios de las uñas mordidas.

Creo en el amor,
a pesar de todo.

Creo en ver a una persona,
una y otra vez,
en las miradas,
en las sonrisas,
los encuentros,
el destino 
y dejarse llevar.

Sí, creo en el destino.

Creo que todo pasa por algo,
que una persona puede cambiarte la vida
y hacerte feliz.

Creo en ti,
en el efecto que provocas sobre mí,
y creo en nosotros.

Creo que dormir abrazada a ti es una forma increíble de sobrevivir,
que recaer, si es en querer, no es tan malo;
creo que mis ganas me van a llevar a sitios increíblemente mágicos,
creo en fallar y perdonar (o en no fallar nunca),
en aguantar sin soltarnos nunca la mano (ni la vida),
en la pasión
y en los por si acaso.

Creo en querer tener fuerza para querer,
y en tenerla para empezar a vivir.

Sí, creo en el destino;
y sí,
creo en ti.


9 dic. 2014

Madrid y reflexiones varias, de un viaje necesario.

A veces encuentras tesoros en sitios recónditos, 
y otras, 
los tesoros se convierten en personas,

o en lugares.



























¿Sabes en cuántas fotos de desconocidos tenemos que salir?
Pues lo mismo con la vida.













Mañanas calientes,

de café frío,
de despedidas,
de autobuses,
de amor incondicional,
de abrazos,
de libros,
de futuro,
de nosotros,
de quererte.








Atrévete a vivir.
Con frío.
Con poco.
Contigo.































Párate a pensar un momento en todo lo que ha pasado desde hace diez años, hasta aquí. Solo diez años. Incluso quizá sean demasiados. Pongamos cinco.
¿Qué es lo mejor y lo peor que te ha pasado desde entonces?
Pensad. Cada uno tendrá su respuesta; la mía es esta: el amor.
El amor me ha dado, me ha quitado y me ha enseñado. No sabría que porcentaje es mayor, si el bueno o el malo. 
Mi pregunta es.... ¿Si una vez se perdió, hay que intentar recuperarlo? Y si eso fuera así... ¿creéis que hay personas que sepan querer a pesar de las cicatrices que deja el amor de los demás?







A amarte, o a Marte. Pero contigo.

Esperar,
siempre.

A ti,
a algo,
a todo,
a nada,
a morir,
a querer,
a sobrevivir,
a alcanzar,
a cumplir,
a saber,
a probar,
a ganar,


A - mar -te

4 dic. 2014

100 días sin ti.

Día veinte

¡Por fin! Mañana te veo,
aunque...
han cambiado muchas cosas.


Ya no soy la de antes,
ahora soy feliz:

ya no tengo los ojos tristes,
ni la sonrisa caída,
ni las ganas de querer a borbotones.
Ahora he vuelto a querer,
a sonreír,
a creer.

A pesar de todo,
queda un día.

Siento tener que decirte adiós.




O quizá no.

4 de diciembre de 2014


3 dic. 2014

La gente va a lo seguro,
a lo posible,
a lo esperado.

Yo no.

A mí me encanta dejarme llevar,
porque en ocasiones,
ser así me lleva a cosas increíblemente magníficas.

Esta vez ha sido más que eso,
esta vez me ha llevado a algo mejor,
a ti.

(Notemarchesnunca.)

Que tú.

Que cuando todo vaya mal,
estés tú.

Que cuando no sepa hacia dónde ir,
me cojas la mano y me lleves contigo.

Que me beses,
siempre,
rápido,
continuo.

Que me mires con esos ojos que me encantan,
que me embeben,
me cautivan,
me dominan,
y me someten a ti;
y me hagas creer que no existe
nada malo,
más allá de ese color y estas paredes.

Que me abraces,
en los días fríos,
y me cubras con tu continuo calor,
porque me encanta sentirme así:
segura,
a salvo,
en tus brazos.

Y también así:
feliz,
viva,
en ti.

2 dic. 2014

Y con diciembre, llegaste tú.

El frío, diciembre y tú. 
Todo a la vez. 
No creo que haya regalo más bonito 
que tus ojos.
Ni forma más sencilla 
de apagar este frío, 
que tu risa. 
Ni manera más sensata de vivir, 
que tú.

27 nov. 2014

Saturday i'm love.

Good day sunshine, love you 
Are you ready for a perfect sunny day? 
Good day sunshine, kiss me 
Tell me what you want, 
Let us break away 
On Mondays you and I we start to fight, 
It always ends the same 
On Tuesday, Wednesday night it's all so quiet 
It's nothing left to say 

Saturday I'm In Love 
It's Saturday, me and you 
It's Saturday!


26 nov. 2014

¿Él? - Guy de Maupassant

Amigo mío, ¿no lo comprendes? Lo creo. ¿Piensas que me volví loco? Tal vez sí estoy algo loco, pero no por la causa que imaginaste.

Sí. Me caso. Ahí tienes.

Y, sin embargo, mis ideas y mis convicciones, ahora como siempre, son las mismas. Considero estúpida la unión legal de un hombre y de una mujer. Estoy seguro de que un ochenta por ciento de los maridos han de ser engañados. Y no merecen otra cosa, por haber cometido la idiotez de ligar a otra vida la suya, renunciando al amor libre, lo único hermoso y alegre que hay en el mundo, y de cortar las alas a la fantasía que nos impulsa constantemente hacia todas las hembras agradables, etc. Me siento incapaz de consagrarme a una sola mujer, porque me gustarán siempre todas las mujeres bonitas. Quisiera tener mil brazos, mil bocas, mil... temperamentos, para poder gozar a un tiempo a una muchedumbre de criaturas femeninas.

Y, sin embargo, me caso.

Añade que apenas conozco a mi futura esposa. La he visto nada más tres o cuatro veces. No me disgusta, y esto basta para mis propósitos. Es bajita, rubia y regordeta. En cuanto sea ya su marido, comenzaré a desear una morena delgada y alta. No es rica. Pertenece a una familia modesta en todos los conceptos. Mi futura es una muchacha, como las hay a millares, útiles para el matrimonio, sin virtudes ni defectos aparentes.
Ahora la juzgan bonita; cuando esté casada la juzgarán encantadora. Pertenece al ejército de muchachas que pueden hacer la dicha de un hombre... mientras el marido no repara que prefiere a su elegida cualquiera de las otras.

Ya oigo tu pregunta: ¿Por qué te casas?

Apenas me atrevo a confesar el motivo que me ha impulsado a una resolución tan estúpida.
¡Me caso por no estar solo!
No sé cómo decírtelo, cómo hacértelo comprender. Me compadecerás, despreciándome al mismo tiempo; llegué a una miseria moral inconcebible.
Estar solo, de noche, me angustia. Quiero sentir cerca de mí, junto a mí, a un ser que pueda responderme si hablo; que me diga cualquier cosa.

Quiero alguien que respire a mi lado; poder interrumpir su dulce sueño de pronto, con una pregunta cualquiera, una pregunta imbécil, hecha sin más objeto que oír otra voz, despertar una conciencia; un cerebro que funcione; ver, encendiendo bruscamente mi bujía, un rostro humano junto a mí; porque..., porque..., porque..., ¡me avergüenza confesarlo!..., solo, ¡tengo miedo!
¡Ah! Tú no me comprendes aún.

No temo peligros ni sorpresas. Te aseguro que si en mi alcoba entrara un hombre, lo mataría tranquilamente. Tampoco me infunden temor los aparecidos; no creo en lo sobrenatural. Nunca tuve temor a los muertos; al morir, cada persona se aniquila para siempre.
Y a pesar de todo..., ¡claro!..., a pesar de todo, tengo miedo..., ¡miedo de mí mismo!... Tengo miedo al miedo; me infunden miedo las perturbaciones de mi espíritu. Me asusta la horrible sensación del terror incomprensible.

Ríete de mí si te place. Sufro sin remedio. Me hacen temer las paredes, los muebles, los objetos más triviales que se animan contra mí. Sobre todo, temo los extravíos de mi razón, que se confunde y desfallece acosada por una indescifrable y tenue angustia.
Comienzo por sentir una vaga inquietud que atormenta mi alma y al fin me produce un escalofrío. Vuelvo la vista en torno y no descubro nada que pueda causarme terror. Yo quisiera encontrar algo que lo motivase. ¿Qué? Algo sensible, corpóreo. Pero ¡ay!, lo que más aumenta mi terror es que no hallo su causa.

Si hablo, mi voz me asusta. Si paseo por la estancia, temo tropezar con lo desconocido que se oculta detrás de la puerta, entre la cortina, en el armario, bajo la cama. Y, sin embargo, tengo la certeza de que mi temor es infundado.

Doy media vuelta con brusquedad, temeroso de lo que tengo a la espalda. Y estoy seguro de que no hay nada temible.
Me agito; mi espanto aumenta; cierro con llave mi habitación. Me hundo entre las ropas de mi lecho, haciéndome un caracol; cierro los ojos obstinadamente y permanezco en semejante postura un tiempo indefinido; reflexionando que la bujía sigue ardiendo y que será indispensable apagarla. Ni siquiera me atrevo a moverme.
¿No es horrible vivir así?

Antes, no me preocupaban esas cosas. Entraba en mi habitación tranquilamente. Iba y venía sin que nada turbase mi serenidad. ¡No me hubiera reído poco si alguien me pronosticara que una dolencia de miedo inverosímil, estúpido y terrible me sobrecogería con el tiempo! Entonces no me asustaba poco ni mucho abrir las puertas en la oscuridad, ni acostarme tranquilamente sin echar los cerrojos, y nunca tuve que levantarme a medianoche para convencerme de que todas las aberturas de mi cuarto estaban herméticamente cerradas.
Mi dolencia lastimosa dio comienzo hace un año de un modo especial.
Era en otoño y en una noche húmeda. Cuando se hubo ido mi asistenta, después de servirme la comida, me puse a pensar qué haría yo. Así pasé una hora dando vueltas por mi estancia. Me sentía fatigado, abatido sin causa, impotente para trabajar, sin deseo de coger siquiera un libro para entretenerme.

Una lluvia menuda golpeaba en los cristales; me invadió la tristeza, una tristeza, inexplicable, unas ganas de llorar, un desasosiego verdaderamente invencible.

Me sentía solo, abandonado; mi casa me pareció silenciosa como nunca. Envolvíame una soledad inmensa y desconsoladora. ¿Qué hacer? Me senté; pero una impaciencia nerviosa me hormigueaba en las piernas. Levantándome, volví a pasear. Es posible que tuviera un poco de fiebre; notaba que mis manos cogidas a la espalda, en una posición frecuente cuando se pasea despacio y solo, abrazábanse una contra otra. De pronto, un escalofrío estremeció todo mi cuerpo. Creí que la humedad exterior penetraba, y me puse a encender la chimenea, que no había encendido aún aquel otoño. Me senté, contemplando las llamas. Pero en seguida tuve que levantarme; no podía estar quieto y sentí deseos de salir, de moverme, de hablar con alguien.

Fui a casa de tres amigos; no encontré a ninguno y encamineme hacia el bulevar, ansioso de ver alguna cara conocida.

Todo estaba triste. Las aceras mojadas relucían. Una tibieza de lluvia, una de esas tibiezas que producen estremecimientos crispadores, una tibieza pesada, una humedad impalpable, oscureciendo la luz de los faroles de gas, lo envolvía todo.
Yo avanzaba con paso inseguro, repitiéndome: "No encontraré a nadie con quien hablar". Asomándome a los cafés, recorriendo la Magdalena, sólo vi personas tristes, hombres abatidos, como si les faltaran fuerzas para levantar las copas y las tazas que tenían delante.
Así anduve mucho tiempo, errante, y a medianoche tomé la dirección de mi casa, tranquilo, pero fatigado. El portero, que se acuesta siempre antes de las once, no me hizo esperar en la calle, contra su costumbre. Y me dije: "Acabará de abrir la puerta para otro vecino".
Siempre que salgo de casa, doy las dos vueltas a la llave. Me sorprendió que sólo estaba echado el picaporte, y supuse que habría entrado el portero para dejarme alguna carta sobre la mesa.

Entré. Aún estaba encendida la chimenea; los resplandores del fuego esparcían alguna claridad por la estancia. Acerqueme para encender una luz y vi a un hombre que, sentado en mi sillón, se calentaba los pies, mostrándome la espalda. No sentí miedo. ¡Ah, ni la más insignificante zozobra! Una suposición muy verosímil cruzó mi pensamiento; supuse que alguno de mis amigos fue a verme, y el portero lo hizo entrar para que me aguardara. Y de pronto recordé su prontitud en abrirme la puerta de la calle y la circunstancia de hallarme la de mi cuarto cerrada sólo con picaporte.

Mi amigo dormía profundamente. Un brazo colgaba fuera del sillón y tenía las piernas una sobre otra. Su cabeza, inclinándose, indicaba un sueño tranquilo. Entonces me pregunté: "¿Quién será?". Y cuando puse la mano en su hombro..., el sillón estaba ya vacío. No vi a nadie.

¡Qué sobresalto! ¡Misericordia!
Retrocedí, como si un peligro espantoso me amenazara.

Luego, dando media vuelta en redondo, cercioreme de que tampoco había nadie a mi espalda. Un ansia irresistible me arrastró hacia el sillón vacío. Y estuve en pie, angustioso, jadeante, horrorizado, a punto de caer al suelo, desvanecido.

Pero soy hombre sereno y pronto recobré mi sangre fría. Me dije: "Acabo de padecer una desagradable alucinación. Todo se reduce a eso". Y reflexioné inmediatamente acerca de semejante fenómeno. El pensamiento vuela en tales circunstancias.

Que todo fue alucinación, era seguro. Pero mi espíritu no se había turbado, mi juicio funcionaba mientras sufría natural y lógicamente; luego no hubo desarreglo cerebral. Solamente se habían engañado mis ojos, y su engaño fue origen del error mental. Habían padecido los ojos un extravío, una de las aberraciones visuales que parecen milagrosas a las gentes incultas. Era un poco de congestión, acaso.
Encendí la bujía, y al acercar la mano al fuego, sacudiola un temblor, y me incorporé rápidamente, como si alguien me hubiera tocado por la espalda.
Sentía inquietud...

Anduve de una parte a otra, diciendo algunas frases, para oírme; canté a media voz.
Luego cerré la puerta con llave, y esto me tranquilizó algo. Nadie podía entrar por sorpresa. Sentado, reflexioné las circunstancias de mi aventura; después me fui a la cama y apagué la luz. Al principio nada hubo de particular. Estuve tumbado tranquilamente. Luego sentí ansia de mirar en torno y me apoyé sobre un costado.
En la chimenea sólo había ya dos o tres brasas; lo suficiente para permitirme ver con sus difusos reflejos las patas del sillón, y me pareció que había vuelto a sentarse un hombre.
Encendí una cerilla con rapidez. Me había equivocado. No vi a nadie.
Sin embargo, me levanté, arrastrando el sillón hasta la cabecera de mi cama.

Volviendo a quedarme a oscuras, procuré descansar. Acababa de dormirme cuando se me apareció, en sueños, pero tan claro como si lo viera en realidad, el hombre sentado junto a la chimenea. Despertando con angustia, encendí la luz, y me quedé sentado en la cama sin atreverme a cerrar los ojos.
Dos veces me venció el sueño, a mi pesar; dos veces el fenómeno se reprodujo. Creí volverme loco.
Al amanecer, la claridad me tranquilizó y dormí sosegado hasta el mediodía.

Todo había concluido. Fue una fiebre, una pesadilla, ¿quién sabe? Sin duda estuve algo enfermo. Sólo sentí al despertar mi cerebro atontado.
Pasé alegremente aquel día; comí en el restaurante; fui al teatro; luego, me dispuse a retirarme. Pero, camino de mi casa, una inquietud angustiosa me sobrecogió. Temí encontrarlo; no porque me infundiera miedo verlo, no porque imaginara real su presencia; temía sentir de nuevo el extravío de mis ojos, mi alucinación, miedo al espanto sin causa.
Durante más de una hora estuve arriba y abajo por mi calle hasta que, juzgando imbécil mi temor, entré al fin en casa. Iba temblando hasta el punto de que me fue difícil subir la escalera. Estuve diez minutos en el descansillo, hasta que tuve un momento de serenidad y abrí. Entré con una bujía en la mano, di un puntapié a la puerta de mi alcoba, y mirando ansiosamente hacia la chimenea, no vi a nadie.
-¡Ah!...

¡Qué gusto! ¡Qué alegría! ¡Qué fortuna! Iba de un lado a otro, decidido; pero no estaba satisfecho; de pronto, volvía la cabeza, sobresaltado; cualquier sombra me hacía temer.
Dormí poco y mal, despertándome con frecuencia ruidos imaginarios. Pero no lo vi; no apareció. Desde aquel día, todas las noches el miedo me acosa. Lo adivino cerca de mí, detrás de mí. No se presenta, pero me hace temer. Y ¿por qué temo, si no ignoro que fue alucinación, que no existe, qué no es nada?
Sin embargo, temo, y me obsesiono. "Un brazo colgaba fuera del sillón y tenía las piernas una sobre otra". ¡Basta! ¡Basta! ¡Es insufrible! ¡No quiero pensar y no se aparta de mi pensamiento!
¿Qué significa esa obsesión? ¿Por qué persiste? ¡Veo sus pies junto al fuego!

Me acobardo; es una locura; pero el caso es que me acobardo. ¿Quién es? ¡Ya sé que no existe, que no es nadie! Sólo existe como imagen de mi angustia, de mi desasosiego, de mis temores. ¡Basta, basta!
Sí; por mucho que razono, por más que me lo explico, no puedo estar solo en mi casa. Él no se aparece, pero me domina. No vuelve. Todo acabó. Pero sufro como si volviera. Invisible para mis ojos, ahora se clava en mi pensamiento. Lo adivino detrás de las puertas, dentro del armario, debajo de la cama, en todos los rincones, en cada sombra, entre la oscuridad... Si me acerco a la puerta, si abro el armario, si miro debajo de la cama, si aproximo una luz a los rincones, huye con la oscuridad: nunca se presenta. Quedo convencido, no se presenta, no existe, y, sin embargo, me obsesiona.
Es imbécil y horrible. ¡Qué puedo hacer? ¡Nada!

Si alguien estuviera conmigo, él no me turbaría. Turba mi soledad; le temo, porque la soledad me acongoja.