14 nov. 2016

Ya no.

Hace mucho que no hablamos, así que seguramente veas esto tan fuera de lugar, como veías todo lo que hacía antes. 
Y no, no vengo a echarte nada en cara. 

Han pasado... ¿cuánto? ¿tres meses? Y ya no sé si se me ha hecho largo o no, porque hubo un momento en el que por supervivencia, paré ese reloj que me recordaba una y otra vez lo lejos que estabas de mí. 

No quiero darte pena, ni hacerte sentir mal... pero ¿recuerdas qué era lo que más nos caracterizaba? 
Que podíamos hablar. 
Teníamos la necesidad de compartir los logros con el otro aunque lleváramos meses sin vernos, y de explicar y reexplicar todo lo que teníamos en nuestras cabezas, para hacernos más cercanos. Más transparentes. 

¿Crees que fue eso lo que acabó con nosotros?

No sé por qué no volvemos. 
Por qué no intentamos continuar con esta historia que parecía hecha a medida. 
Por qué. 
Por qué decidimos dejar de luchar y de creer que la vida nos juntó por una razón. 
Por qué tú y yo ya nunca más. 

Hoy te he visto, ¿sabes? 
Y no me he querido acercar a ti, porque ya no eras tú. 
Te he mirado a lo lejos con ese abrigo que tanto te gustaba y las prisas que llevabas siempre camino a Moncloa, pero no te he reconocido. 
No eras tú. Y ya no había un nosotros. 

Supongo que te escribo esto para despedirme. 
Por eso de que tienes que pasar página y dejar de pensar en lo que te hace daño para que esa mala suerte que parece perseguirte, se vuelva a ir. 

Como tú. 

Porque hay trenes que solo pasan una vez 
Así que, queridos pasajeros: Última parada, te quise.

En junio, octubre y septiembre hubo un nosotros. 
En abril y diciembre no quedaban ni las cenizas de mi cuerpo ardiente cada vez que me tocabas. 

Y los amortiguadores en los que tanto confiábamos, dejaron de funcionar. 

No sé por qué no volvemos...
pero he decidido que ya no necesito saberlo. 

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